Hoy, 23 de agosto, se cumple un aniversario más del retorno de los brigadistas de la Cruzada Nacional de Alfabetización.

Como ministro de Educación de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional estuve ligado a la Cruzada desde su concepción y durante toda su etapa de realización mediante las reuniones semanales del Comité Coordinador de la Cruzada, que presidía. Nombrado ministro de Educación desde principios de junio de 1979, cuando la Junta se instaló en el exilio, en San José de Costa Rica, en compañía del maestro Miguel de Castilla preparamos una propuesta cuyo objetivo era lanzar una campaña masiva de alfabetización pocos meses después del triunfo revolucionario que ya se veía muy próximo.

En los primeros días del mes de julio de 1979, todavía en el exilio, entregamos a la Junta de Gobierno un Anteproyecto de Campaña Nacional de Alfabetización “Héroes y Mártires por la Liberación de Nicaragua”, cuya estructura organizativa estaba basada en sustituir los frentes de guerra en contra de la dictadura por frentes de guerra en contra de la ignorancia, utilizando ahora como armas lápices, cuadernos y libros. Fue sin duda un acierto proponerle al P. Fernando Cardenal S.J., de grata memoria, que asumiera la Coordinación de la Cruzada. Más tarde, cuando en compañía del P. Cardenal viajamos a París para recibir el Premio Internacional Nadezhda K. Krupskaya de 1980, máxima distinción que otorga la Unesco en el campo de la alfabetización, expresé que lo recibía en nombre de la juventud nicaragüense, verdadera y auténtica protagonista de la Cruzada.

Además de los 59,123 estudiantes-brigadistas que fueron con sus profesores al campo para alfabetizar a sus hermanos campesinos, en las ciudades se incorporaron al esfuerzo alfabetizador miles de personas más, hasta totalizar 96,582 alfabetizadores, que durante cinco meses trabajaron en forma intensa “convirtiendo la oscurana en claridad”, como decía el Himno de la Cruzada, compuesto por Carlos Mejía Godoy.

Jamás se había visto, en la historia de Nicaragua, un acontecimiento igual: el país convertido en una gran escuela, donde todo el que algo sabía trataba de enseñárselo al que nada sabía. Nicaragua entera se puso “en estado de educación”. Todos los sectores sociales, sin excepción, se sumaron al singular esfuerzo educativo, principalmente nuestra juventud de entonces, a la hazaña pedagógica más importante de la historia de nuestra educación. En las iglesias podían leerse mantas que decían: “Alfabetizar a tu hermano es un deber cristiano”.

El resultado fue la alfabetización de 406,056 nicaragüenses, con lo cual el analfabetismo se redujo del 50.3 por ciento al 12.9 por ciento. Meses después, 16,000 personas más fueron alfabetizadas en la Costa Atlántica en sus propias lenguas: miskito, sumo e inglés criollo.

El autor es académico y educador.

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